sábado, 14 de abril de 2018
Llega el invierno y esa necesidad casi mortal de abrazarnos, de acurrucarnos, de arremolinarnos, de arruncharnos. Se va el calor y con el se van los movimientos libres, los amores con alas, las noches a sabana limpia, la tela que parece vapores. Llega el frió y con él esa astucia para relacionarnos de otra manera, la época de las pantuflas, la peli en la cama, la cena en casa. Se va el verano y desaparecen las terrazas, los bailes de acera, la piel sudando al borde de la pileta. Llega el invierno con el vino en la mano y parece que el universo conjura para encontrarnos, para entrelazarnos, para descubrirnos en la puerta de casa, dejando pasar al amor de verano.
jueves, 18 de enero de 2018
Ya los cafés no son iguales
Ya los cafés no son iguales.
He ido unas cuatro veces al cafecito aquel en el que había una salita de cine atrás, con el proyector y sofás para disfrutar de buenas pelis a precios económicos, para la gente del barrio. Solo hasta hoy por la tarde lo encontré abierto, o que decir, medio abierto. Me asome a la puerta y no reconocí nada. Ya no es igual.
De los colores de las paredes, los libros de las estanterías y las plantas, no hay rastro alguno. Los sofacitos y taburetes fueron reemplazados por sillas comunes, de esas sin encanto. Ya no hay carteles de cine, ni botellas de la cerveza española hecha en Bélgica que tenia en la etiqueta un gallo y sabe Dios como se llamaba.
Ya no estaba el mostrador con las tortas que comíamos como capricho y premio de las interminables jornadas. Había unas personas dentro, pero no había rastro del chico amable que nos ponía las tapas, nos servia el humus, nos daba el té; ese que en silencio nos acompañaba en las mañanas de estudio y las tardes de trabajo desde atrás del mostrador.
Ya no es igual ni la fachada, aunque de lejos quedan las sombras que dejó el tiempo de las letras en 3d que decían "Café Kino". Ya no hay en la puerta la cartelera del mes con las pelis y los horarios. Ya nada es igual.
Me fui con tristeza de aquel lugar en el que pasé tantas tardes en Madrid, pero aun con la esperanza de que el otro cafecito, "La Fugitiva" de la esquina del mercado de Antón Martin, no hubiera cambiado. Por este también había pasado varias veces en estos días, saboreandome sus postres y deseando leer en una de las mesas rodeadas de libros.
Finalmente después de la siesta lo encontré abierto. Al entrar no reconocí nada. Las estanterías con libros independientes y fanzines se convirtieron en destartaladas bibliotecas cargadas de libros usados. No había rastro de los postres, ni de la maquina de café.
No había música, no estaba lleno como siempre. Me asomé al mostrador y me atendió un hombre con un acento extraño que me dijo que me lleva la carta a la mesa. Las mesas no eran las mismas tampoco.
Me paso la carta, que no reconocí, busque las tartas de siempre, el té y no encontré nada. El hombre volvió a mi mesa y mientras tomaba mis cosas para salir le dije: "¿Hace mucho cambio de dueño?". Un poco sorprendido me respondió "Hace un año y medio mas o menos".
Salí bajo la lluvia inclemente de este extraño invierno en Madrid y entendí, por fin la cantidad de tiempo que ha pasado, tres años y medio son un montón. Me di cuenta de lo mucho que han cambiado algunas cosas, de lo poco que han cambiado otras, pero aún así ni eso logra que yo cambie todo lo que siento por Madrid.
Hoy volví al parque
Hoy volví al parque. Llegue a buscar el banquito en el que alguna vez dejé escrito mi nombre hace 4 veranos, mientras Madrid me amaba y yo contemplaba el atardecer. Al parecer el clima o el ayuntamiento lo han borrado, pero el banquito sigue ahí. Recuerdo que aquel día, el sol se empezaba a perder en las cumbres de los cerros, mientras Madrid y yo nos abrazábamos como intentando entender aquellas ultimas horas juntos. En términos generales el parque esta igual, a pesar de que ahora es invierno y ha llovido mucho los últimos días. El banquito, nuestro banquito, lo ocupa un tío que aprovecha los pocos rayos del sol de estos días, mientras mira el móvil y alrededor revolotean las palomas en busca de algo de comida (ya hasta escribo como española). Han puesto una reja que divide el parque de la otra plaza, justo donde me sentaba pies colgando a ver de lejos Madrid, en un silencio que solo yo entendia, en mi rincón favorito de esta ciudad.
Me doy cuenta de repente que desde que cruce el parque, no he parado de llorar. No es un llanto amargo, no es un llanto de dolor. Es por el contrario, una nostalgia de lo más linda la que me oprime el pecho, una nostalgia que por fin se ha convertido en las lagrimas que llevaba guardando hace meses.
Me asomo por la reja, para comprobar que todo sigue igual cuesta abajo. Respiro profundo para intentar minimizar el caudal de llanto. ¿Por qué Madrid siempre me hace esto?. Cierro los ojos y en un flashback recorro los últimos años. Es increíble como a veces olvidamos todo lo que hemos hecho, todo de lo que estamos hechos. Es increíble como llevo un día aquí y he recorrido 16 km de mis rutinas prestadas, de las calles que ya no son mis calles, de los tiempos que ya no son mis tiempos. Tengo dolor de pies, pero siento que necesito volver a andar cada paso, a revivir cada momento, a volver a encontrarme en este lugar que me hizo feliz; en este pedacito de tierra en el que aprendí a amar libre, a añorar, a sentir sin vergüenza esta nostalgia de la buena.
Han pasado tres largos años desde mi última visita a Madrid y aun entro a los negocios que visitaba en mi día a día, hace cuatro años cuando vivía aquí y salen de atrás de los mostradores abrazos cálidos, miradas de sorpresa, palabras de alegría por estos reencuentros inesperados. Aun me cuesta creer que en el restaurante, en el bar, en la imprenta, después de todos estos años, sigan acordándose de mi; extranjera en esta tierra, y en otras tantas, pero tan madrileña como unas cañas con tapas en una terraza de La Latina o un poema de un cantautor de Lavapiés. Es increíble como sigo siendo capaz de recorrer las calles sin perderme, sin preguntar, recorriendo las fachadas, los balcones, las puertas, los negocios. Aquí había un banco y ahora hay una panadería, aquí había una frutería y ahora hay un negocio. Saboreo viejos sabores y rememoro olores que me transportan a situaciones especificas de esos tiempos prestados.
Me pregunto mientras me seco las lagrimas si realmente he elegido mi lugar a consciencia, si realmente es Buenos Aires mi lugar en el mundo, como tantas otras veces me lo pregunte aquí en Madrid. Vivo en un eterno sube y baja que solo Fito Paez ha sabido describir "No se si es Baires o Madrid". Me imagino una semana en un pisito en Tirso de Molina, aunque no fuera El Bunker, y me río a carcajadas con la idea, pues Madrid siempre ha sido ese lugar que me ha hecho dudar de Buenos Aires, y pasa el tiempo, y nada cambia. Todo sigue siendo igual.
Tan parecidas, tan distintas. Tan complicado volver al parque, al banquito y no cuestionarse, no pararse frente al atardecer a hacerse mil preguntas. Pero entiendo entonces que la oportunidad que tengo ahora es única, que mi Madrid no seria nada sin mi Buenos Aires y mi Buenos Aires no seria lo mismo sin mi Madrid. Que los railes de hace unos años, han modificado su camino y ahora uno es Buenos Aires y el otro por supuesto, es Madrid. Estar aquí y ahora es un recordatorio de lo que he recorrido, precisamente del camino de esos railes, de todo lo que he trazado, de cada decisión tomada, de cada cuidad por la que he pasado, de cada sabor, de cada olor, de cada abrazo, de cada lagrima, de cada sonrisa, de cada imagen grabada en mi retina y en mi memoria.
Una vez más siento que llegue a Madrid, ciudad sincrónica, para entender mejor a mi yo de ahora, para encontrarme de nuevo con lo más profundo y esencial de mi misma. Eso solo lo podía lograr, volviendo al pasado, volviendo a este lugar en el que amé la vida, recordando todo lo que fui; entendiendo porque llegue hasta aquí. Este sin duda es el empuje, la fuerza, el motor, el momento del salto, en el que vuelvo a sacar la mejor versión de mi.
Joder, que bonito
Joder, que bonito es el amor. Qué bonito es amar libre, sin amarrar, sin ataduras, amar en esencia. Amar de verdad. Joder, que bonito es encajar en ese abrazo que compartes con otros pero que siempre llevará tu molde. Joder que bonito es volver a los rincones perdidos donde nos amábamos bajo las sombras de los madroños, a esos rincones que ya no son nuestros y transitarlos y hablarlos y respirarlos y fumarlos en esencia. Joder, que bonito es ver la puesta de sol en Madrid, en silencio, rememorando nuestros mejores tiempos, nuestros días más felices, nuestra historia perfecta tipo Disney. Joder, como cambian algunas cosas, y como hay otras que nunca cambian. Joder, que bonito es sabernos sin palabras, entendernos con miradas, reconocernos en la distancia aunque hayan pasado 1141 días sin tenernos cerca. Joder, qué bueno es este amor del bueno, este querernos sin echarnos de menos. Joder, y coincidir, tan difícil que es coincidir. Y permanecer aunque no sea como antes. Y vernos y sentir que no ha pasado el tiempo y ser capaces de leernos la mente incluso antes de encontrarnos en nuestro lugar de siempre, en la misma esquina. Joder, y hacer los mismos recorridos y caminar los mismos pasos y sonreírle a la vida paradójica que nos une y nos desune. Joder, que lindo es este amor.
Caramelos de Menta
Los caramelos de menta eran una cosa seria, polémicos en su elaboración, adictivos hasta matarte de risa. Ella, nunca estuvo de acuerdo con los caramelos de menta, pues en el lugar del que venía, los caramelos de menta se traficaban. Se traficaban a costa de gente que la pasaba muy mal, a quienes obligaban a permanecer horas de pie, batiendo el azúcar y mezclandola con la menta, mientras les gritaban y los forzaban a estar lejos de sus seres queridos. Para él, los caramelos de menta, eran cosa del día a día. Los consumía en la calle, cuando se iba de botellón con los amigos, en el parque, en el local con los colegas.
Desde el día en que se conocieron, supieron que una de las pocas cosas en las que no coincidían era en los caramelos de menta. Pasaban las tardes juntos, de la mano, abrazándose bajo los atardeceres de una primavera que estaba por terminar y de un verano que estaba deseando el solsticio para comenzar. Pero nunca, en sus andanzas, había caramelos de menta. Él ni siquiera se atrevía a llevarlos a las citas clandestinas con ella, ni mucho menos a comerlos antes de salir para encontrarse en la esquina del 35; pues sabia el enojo que le producía a ella notar el olor a menta intensa impregnada en su piel, notar el sabor en sus besos.
Vivieron un amor de puta madre, de esos que no son capaces de terminar de describir las novelas de los grandes escritores de la historia, esos que ni las películas pueden calcar a la perfección. Un amor libre, desinteresado, que abrazaba el desequilibro y las diferencias; un amor que no juzgaba, un amor que entendía que cada uno debía ser en un lugar y que ese quererse sin amarrar, era sin duda lo más valioso que habían logrado construir.
Fue la historia más hermosa jamás contada, porque nunca alcanzarán las charlas con cervezas, ni los poemas de los poetas, ni las canciones de los cantautores para comprenderla. Pero un día tuvieron que separarse. Se acabaron las caminatas por el parque y los abrazos bajo la luna escuchando un saxofón llorando al lado del palacio. Se acabaron los planes de viajar a Japón, se acabaron los besos bajo las sombras de los árboles. Se acabaron las caricias prohibidas en las salas de cine y los labios buscándose entre cerveza y cerveza. Pero ese amor puro, esa esencia no desapareció de los corazones de él ni de ella.
Y así paso la vida y pasaron los años. Ella, inquieta, cambio innumerables veces su rumbo, hasta que encontró un lugar para echar raíces, porque su naturaleza, su esencia siempre fue esa. Él en cambio permaneció fiel al barrio, a las mismas calles, porque su corazón no podía ser en otro lugar. Se amaron y se entendieron así, sin nudos, sin echarse de menos, sin cadenas. Se amaron entregados, generosos, abiertos. Se amaron en esencia.
Cuatro vueltas al sol después, de aquel día que se despidieron; una tarde de invierno, Madrid volvió a cruzarlos. Horas antes de salir al encuentro, ella pensó en decirle que llevara unos caramelos de menta para comer juntos, pero dio por sentado que él llevaría. Unas horas antes de salir, él pensó que aunque fuera al centro por poco tiempo a encontrarse con ella, llevaría unos caramelos de menta, porque a lo mejor con el tiempo, había cosas que habían cambiado y quizás a ella ahora le gustaban.
Después de un rato entre risas y cervezas, llego a la mesa servido en bandeja, el tema de los caramelos de menta. Ella le expuso sus nuevos motivos, impulsados por sus viajes y su nuevo hogar, tal como años atrás lo había hecho con argumentos contrarios. Sin más decir sobre el asunto, caminaron recorriendo los mismos lugares que tiempo atrás habían vivido juntos, esos lugares en los que amaron la vida, esos lugares en los que se permitieron amar en esencia.
Mientras contemplaban desde su plaza, desde su rincón, el atardecer de aquella ciudad que una vez más los acobijaba, él saco de su bolsillo unos caramelos de menta. Empezó a comer sin decir ni una sola palabra, con los ojos perdidos en el horizonte. Cuando ella se dio cuenta, lo único que atino a decir fue “compartir con alegría”, mientras lo miraba sonriente.
Quien lo iba a imaginar... Esa tarde descubrieron que su esencia seguía siendo la misma, que hay cosas que cambian con el tiempo, pero hay otras tantas que siempre serán iguales.Comprendieron, que su amor era tan fuerte, que no hacían falta las palabras, para entenderse, para saberse, para leer lo que el otro estaba pensando, para entender cuanto el otro había cambiado. Descubrieron, que el amor que se tenían era un amor que perduraría siempre y que su historia seria la historia de amor más bonita, jamás contada.
Y así fue como la vida, paradójica los encontró a él y a ella, años después, en el mismo lugar de siempre, el mismo parque, bajo un atardecer de invierno, compartiendo caramelos de menta.
viernes, 31 de julio de 2015
Giro 360º
Mientras tomo café, abro el libro y lo primero que encuentro es un pequeño papel con aquel poema, que un día recibí por correo. Entonces el tiempo retrocede en mi cabeza como la cinta de un viejo casette. Aun después de tanto tiempo me pregunto si volver era la respuesta a aquel gran misterio. Empiezo a sentir cosquillitas en el estomago al recordar que aquellos días, cerca de partir, me sentía como me siento hoy a unos 365 días de distancia en el tiempo, a futuro. Hay algo en los días de verano que poco a poco se acomodan en estas montañas, que tiene un aire particularmente familiar y me recuerda un poco a aquel momento antes del final. Tal vez nunca comprenderé si la respuesta era haber atendido aquel llamado, o si una noche mas en la ciudad sincrónica hubiera cambiado mi rumbo para siempre. No me mortifico, solo asumo lo que decidí el día que volví a volar, sin saber que el regreso podría estar tan cerca. Ahora me detengo en cada detalle, en las letras de las canciones, en los versos de los poemas, en las conversaciones de la gente por la calle, siento el viento rozando mi cara y no paro de soñar y de llenarme la cabeza de ilusiones en forma de avioncitos de papel y fotografías. El sol se oculta para dar paso a la lluvia y luego al arcoíris, y me parece que es como el sube y baja de emociones que dan paso a los días en este lugar, unos soleados, otros lluviosos…¿qué mejor forma de explicar como se siente uno, que meteorológicamente?. Me invade esa sensación inexplicable y entiendo que en este libro esta todo escrito y que la única forma de saber hacia donde vamos es continuar leyendo, incluso aun cuando las palabras se arremolinen y formen tormentas ilegibles en nuestra cabeza, o en aquellos momentos en que la lectura se hace tediosa y monótona. Avanzar y seguir leyendo es la única respuesta, es la única forma de conocer el verdadero destino del personaje principal de la historia. Entonces vuelvo, relaciono, entrelazo, me equilibro, respiro profundo, asumo que mi felicidad es solo mia y brindo por una perspectiva y una retrospectiva sincrónica, que quiero seguir leyendo en este, mi libro.
jueves, 28 de mayo de 2015
Las palabras salen de tu boca como el reconfortante aroma del primer café de una mañana de invierno. Y ese aroma que ellas emanan, abraza mi cuerpo desde la punta de los pies hasta lo alto de mi cabeza.
Qué bonito es cuando no callas, aunque todo lo que digas pertenezca a otros poetas; qué bonito es cuando no callas, aunque todas las palabras se desvanezcan en la niebla de la mañana; qué bonito es cuando no callas, porque a través de tus palabras veo aquel futuro que no existe aun, ese que me levanta de la cama en los días de invierno, como con la esperanza de que ya pronto llegara la primavera; qué bonito es cuando no callas y te siento tan cerca aunque estés tan lejos; que bonito es cuando no callas, pues así, tal vez, algún día te escuche más cerca y entonces será porque estas a mi lado, sentado en la misma mesa. Y será ahí, cuando por fin nos encontraremos en el trivial ritual de compartir el primer café de la mañana.
Círculo Cromático
He salido de viaje y he traído la ropa incompleta, porque ya ni se donde he dejado la cabeza.
Por ahora lo único que puedo hacer es mimarte con las palabras y las canciones, y llenarme la cabeza de imágenes que invento y que me pinto en los párpados mientras intento dormir en las noches estrelladas al lado del fuego, esas en las que aguardo por tus abrazos.
Llegará el lunes y mientras me pierdo en lo absurdo de mi monotonía, en esa de alcanzar los sueños, te dejaré de encontrar mientras te reivindicas con el camino y vuelves a la ruta de tus propios sueños.
Llegará el lunes, que para mi es como el domingo y divisaré el paisaje por la ventanilla del auto mientras mi pensamiento te sigue por paisajes que aun no comprendo y por caminos que mi corazón anhela recorrer.
Y te recorro con los pensamientos, de la cabeza a los pies, trato de comprender lo incomprensible, de interpretar el tiempo, de adornar con sincronías el destino. Y absurdamente te extraño, pues no estas y yo no estoy, pero aun así hay algo que no nos permite desprendernos. Será ese hilo mágico que nos abraza en este momento perdido en el tiempo, ese que nos amarró mientras no esperábamos que llegara a nuestra vida una situación como esta.
Por ahora lo único que puedo hacer es mimarte con las palabras y las canciones, y llenarme la cabeza de imágenes que invento y que me pinto en los párpados mientras intento dormir en las noches estrelladas al lado del fuego, esas en las que aguardo por tus abrazos.
Y llegará el martes y ni idea donde estemos y ni idea de el camino y ni idea que seré de ti y de mi.
Y probablemente vuelva al trabajo con la ropa equivocada y la cabeza fuera de lugar, pues rompiste mi mundo en dos y hoy el circulo cromático para mi, tiene la forma de tu sonrisa.
Hay días llenos llenos de sonrisas, de recuerdos y de felicidad que procede de lo esencial, de todo lo que somos aunque haya momentos en que lo olvidemos. Lo mejor de la nostalgia es que nos permite recordar lo que habíamos perdido y retomarlo para lo que sigue de el camino. Hoy fue un dia de volver a las raices, de recordar y de volver a ser quien realmente soy
Hay cosas en la vida que nos hacen perder la voz, que nos quitan el aliento, que nos hacen doler los pies, pero que nos sacan sonrisas, nos ensordecen con gritos de alegría, nos llenan el corazón de satisfacción. Y esas cosas, que en realidad no son cosas, sino momentos, de esos indescriptibles, son mejores cuando se comparten con los amigos de la vida y cuando sacan la mejor versión de uno mismo.
Pero realmente…¿de dónde somos?
Cada uno de nosotros es una mezcla de cosas intangibles que hacen parte de lo que somos en esencia. Nuestros padres, nuestros hermanos, nuestra educación, nuestros valores, nuestros amigos; todo forma parte de el conjunto de cosas que nos conforma como seres humanos.
Y de una u otra forma nuestros antepasados son quienes condicionan que en el primer momento de vida, abramos los ojos en un lugar determinado del globo terráqueo. Pero realmente…¿de dónde somos?.
Las raíces empiezan a crecer en ese pequeño pedacito de tierra donde nacemos, pero con el paso de los años un montón de grumos de tierra de cada lugar que pisamos se van adhiriendo a ellas y entonces nos damos cuenta que somos una mezcla de tantas cosas, que cuesta afirmar que somos parte de una sola en particular.
Los colores de los pueblos nos llenan los ojos, la frescura del océano nos acaricia la piel, el olor de la montaña hace parte del aire que respiramos, nuestros zapatos se desgastan en las calles de pueblos perdidos, la nostalgia se revuelve en los días fríos del invierno de las grandes ciudades, la memoria se revela en paisajes perdidos. Somos hijos de barrios prestados, de calles que se entrecruzan, de callejones sin salida, de ciudades de asfalto, de campamentos en las cumbres, de atardeceres al lado del mar, de largas carreteras, de castillos legendarios, de lugares deseados, de pueblos ancestrales, de nomenclaturas incomprensibles, de cartas navales, de mapas antiguos, de bancas de parque, de libros mágicos, de historias contadas, de relatos fundidos en el olvido. Somos parte de cada lugar que pisamos, de cada cultura con la que interactuamos, de cada pedacito de vida que compartimos con quienes cruzan nuestro camino.
Somos arboles que se nutren de cada rincón de la tierra en el que crecen sus raíces, somos una mezcla de detalles, de sonrisas, de recuerdos, de nostalgia, de canciones, de charlas, de olores, de sabores, de recorridos, de caminos, de puertas, de lenguajes, de gestos, de pedacitos de cielo y de retazos de tierra que nos impregnan mientras caminamos.
Es fácil afirmar que venimos de un lugar, pero es difícil asegurar con certeza de donde somos parte, porque al final de cuentas somos como arboles con memoria en las hojas y raíces que se extienden hasta donde las dejemos crecer.
martes, 26 de agosto de 2014
El día en que atamos nuestros sueños
La inminente sorpresa se acercaba y aunque la curiosidad me invadía, deje transcurrir las horas dejándome cautivar por la felicidad que leer sus palabras me había producido. La música era un perfecto acompañamiento para alimentar los recuerdos de la conversación de aquella mañana. Cayó la tarde y después de un largo rato en el bus donde ya sentía un cosquilleo en el estómago, lo encontré. Caminamos sin rumbo aparente hasta que seguro de su plan, me anuncio nuestro destino. Al llegar a la plaza me colmo de besos hasta quedarnos sin aliento. Allí los colores y los contrastes intentaron apoderarse de nuestros sentidos, pero lo que sentíamos era tan fuerte que no éramos capaces de despegar nuestras miradas, muy de cerca y jugando al cíclope. Me llevo a la fuente, intento organizar sus pensamientos, un poco nervioso, mientras encontraba las palabras para decir lo que su corazón sentía. Fue allí donde me pidió que soñara junto a él por mucho tiempo y que camináramos juntos en busca de la felicidad. Mientras hablaba, de una manera simbólica atábamos nuestro compromiso, como el hilo rojo del destino en la mitología china. Ese mismo hilo, que con perspicacia y después de cientos de maniobras sincrónicas nos había reencontrado pasado un tiempo; aquel tiempo en que estábamos buscándonos sin esperar encontrarnos. Y al lado de la fuente de aquel lugar, estábamos sentados, con las cabezas juntas, con los corazones llenos de alegría, las miradas abrumadas y un poco empañadas por las lágrimas de felicidad que eran difíciles de controlar. Nuestros cuerpos se fundían en un abrazo eterno que escribía esta historia, una historia que está lejos de ser un cuento de hadas, una historia sin príncipes ni princesas, sin castillos y sin reinos. Más bien, una historia de dos soñadores que decidieron emprender el camino juntos, después de haber andado un tiempo solos. Una historia marcada por una coincidencia significativa que después de tanto andar, les permitió reencontrarse, tomarse de la mano, soñar y empezar a trazar su camino.
martes, 27 de mayo de 2014
Entonces un día
Entonces un día, nos levantamos y al abrir los ojos descubrimos que tantas cosas se han ido, que hemos perdido tanto en tan poco tiempo, después de mucho cuidado y meticulosa atención a cada detalle. Los amigos, las ilusiones, algunos sueños y la calma parecen haber tomado las maletas y haber partido a lugares lejanos y la soledad se apodera de nuestros días, con el tic tac del reloj. Recordamos con remordimiento las lagrimas desagradecidas del pasado y daríamos lo que fuera por volver atrás por lo menos un momento, solo para volver a empaparnos de un poco de la alegría de lo vivido.
Entonces un día, la vida se muestra como una fotografía panorámica y sentimos el miedo correr por las venas, la angustia ante el futuro, una permanencia que nos disgusta, una necesidad inminente de abrazar el pasado, el silencio que avanza junto a la melancolía.
Entonces un día, Midwest se convierte en un lugar oscuro, pues uno ha permanecido mucho tiempo en el, y parece que no es suficiente lo que hemos aprendido caminando para lograr llegar a otro lugar; y caminamos llenos de preguntas sin conseguir una respuesta, y los días pasan y se hacen eternos e iguales.
Entonces un día, se acaban las canciones; se acaba la poesía, aunque tu aun puedas recitarla; se acaban las palabras porque ya no se cuando debo pronunciarlas y cuando no; se desgasta el amor porque nos cuesta acoplarnos; avanza la melancolía y se apodera del alma; buscamos puertas donde no hay salidas; perdemos, ganamos, caemos y volvemos a levantarnos; luchamos por ser fuertes y tener valentía; contenemos las lagrimas hasta que revienta el llanto inconsolable; reímos hasta parecer locos; nos motivamos y nos desmotivamos como montañas rusas; confiamos para después ser traicionados; intentamos caminar sin pensar demasiado; analizamos cada movimiento, cada palabra, cada gesto, cada expresión; nos sentimos solos; dormimos esperando un nuevo amanecer.
Entonces un día miro atrás, me veo ahora, me abrazo al pasado y por mas que lo intento no me encuentro. Aun así, sigo caminando con mi manojo de sueños tratando de volver a encontrar el rumbo.
Entonces un día, la vida se muestra como una fotografía panorámica y sentimos el miedo correr por las venas, la angustia ante el futuro, una permanencia que nos disgusta, una necesidad inminente de abrazar el pasado, el silencio que avanza junto a la melancolía.
Entonces un día, Midwest se convierte en un lugar oscuro, pues uno ha permanecido mucho tiempo en el, y parece que no es suficiente lo que hemos aprendido caminando para lograr llegar a otro lugar; y caminamos llenos de preguntas sin conseguir una respuesta, y los días pasan y se hacen eternos e iguales.
Entonces un día, se acaban las canciones; se acaba la poesía, aunque tu aun puedas recitarla; se acaban las palabras porque ya no se cuando debo pronunciarlas y cuando no; se desgasta el amor porque nos cuesta acoplarnos; avanza la melancolía y se apodera del alma; buscamos puertas donde no hay salidas; perdemos, ganamos, caemos y volvemos a levantarnos; luchamos por ser fuertes y tener valentía; contenemos las lagrimas hasta que revienta el llanto inconsolable; reímos hasta parecer locos; nos motivamos y nos desmotivamos como montañas rusas; confiamos para después ser traicionados; intentamos caminar sin pensar demasiado; analizamos cada movimiento, cada palabra, cada gesto, cada expresión; nos sentimos solos; dormimos esperando un nuevo amanecer.
Entonces un día miro atrás, me veo ahora, me abrazo al pasado y por mas que lo intento no me encuentro. Aun así, sigo caminando con mi manojo de sueños tratando de volver a encontrar el rumbo.
miércoles, 14 de mayo de 2014
Nunca olvidare que aquella tarde prescindiste de ir a la graduación por pasar algo de tiempo conmigo. Tendidos boca arriba en el parque, mirando los retazos de cielo entre las hojas de los arboles, disfrutábamos de la maravillosa vida que teníamos, sin tiempo y sin calendario.
Como me gustaría que aquí la gente supiera definir mejor sus prioridades, sacrificar un poco de esto y aquello que es tan superficial y aprender a valorar un poco mas el tiempo al lado del otro. Esas tardes en que una pequeña caminata, una banca de un parque o un atardecer sobre un puente nos llenan de verdadera vida, de realidad y de libertad. Es evidente que aca la rutina nos consume, las eternas jornadas laborales nos quitan las sonrisas al final del día, estamos tan cansados que no somos capaces de disfrutar el poco tiempo que podemos tener al lado del otro, de los otros. Y así se consumen los días, carentes de sacrificios, porque no vale la pena esforzarse por modificar un poco la rutina y organizar los pocos momentos libres que tenemos para priorizar estar con los demás, conversar, mirarse, pasear. Algunas veces quisiera salir al parque, compartir con alguien retazos de cielo entre los arboles y de repente miro el calendario, el reloj y recuerdo lo ocupada que me encuentro, y recuerdo que también yo debo prescindir de los momentos de vida real, de eso misterioso que llamamos libertad.
Dentro de unos años a lo mejor me arrepienta de haber guardado tantas palabras, tantos recuerdos y tantas historias en un cajón. Dentro de unos años a lo mejor cierre los ojos y recuerde los sueños de las noches lluviosas y ría mientras recuerdo el piano, la casa de la tía, el auto, la habitación, aquel abrazo y aquella frase: "esta vez no dejaré que te vayas". Dentro de unos años a lo mejor haya olvidado todo y en mi memoria los manojos de recuerdos se hayan desvanecido para siempre. Dentro de unos años, a lo mejor recuerde el día de hoy con tristeza, porque una parte de mi gritaba la importancia de arriesgarse aunque se fallara al intentarlo; mientras que otra parte, decidía abrir el cajón y condenar las palabras a permanecer guardadas en el olvido.
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